mayo 14, 2018

EL PRIMERO QUE ME DIJO QUE YO ERA UN ESCRITOR


EL PRIMERO QUE ME DIJO QUE YO ERA UN ESCRITOR
Por Manuel Pereira

Acabo de enterarme en la red. Ha muerto en Miami mi mejor amigo de la juventud, “el Beny”, o sea, el escritor cubano Bernardo Marqués-Ravelo. Nunca olvidaré que cuando teníamos 17 años coincidimos en una barraca militar junto con otros veinte reclutas. Eso fue en mayo de 1965, en Río Verde, donde existía una unidad militar medio escondida entre el hospital psiquiátrico Mazorra y el aeropuerto de Rancho Boyeros. Allí transcurría nuestro primer año de vida militar, entre locos y locas que se escapaban entrando por nuestras alambradas y aviones que rugían en el cielo fomentando en secreto nuestras ansias de salir volando algún día de la isla.
Una tarde entré en la barraca y descubrí al Beny sentado en mi litera leyendo mi diario personal, donde yo solía anotar nimiedades cuartelarias y también mis cuitas con mi novia prometida de entonces. Sólo lo conocía de vista, si acaso habíamos cruzado un par de saludos. Así que le arrebaté el diario y tuvimos una discusión feroz. Era una falta de respeto estar leyendo mi diario sin mi autorización. Mi taquilla tenía candado -como todas-, pero por alguna prisa militar: correr a un simulacro de combate, cavar urgente una trinchera, no llegar tarde a la guardia… había olvidado cerrarlo. Forcejeo, malas palabras, venas brotadas… nos separaron otros soldados.
Al día siguiente se acercó en la cola del desayuno y me dijo en voz baja: “¿Sabes que tú eres un escritor?”. ¿De qué rayos me estaba hablando aquel enano? Por entonces mi sueño era llegar a ser médico, más precisamente neurocirujano. “Por eso me quedé leyendo tu diario, no por tu novia, sino por tu estilo, tu forma de escribir”, prosiguió mientras yo lo miraba desconfiado. Siempre he detestado -y seguiré detestando- a la gente chismosa, que anda preguntando o indagando a espaldas de uno. Así que no le hice caso.
Sin embargo, sus dos frases se quedaron dando vueltas en mi cabeza. Releí mi diario medio amoroso, medio militar… ya con otros ojos, tratando de averiguar cuánto había de cierto en lo que aquel recluta me había dicho. Comprendí que tenía algo de razón. Y de pronto empezó a circular en la división el rumor de que yo sabía escribir “bonito”. La mayoría de los reclutas (no el Beny, pues él sabía escribir) procedían de provincias, o incluso eran habaneros, y tenían escasa instrucción. De resultas, algunos empezaron a buscarme para pedirme que les escribiera cartas para sus novias. En unos casos querían cortejarlas, en otros recuperarlas. Fue mi primer oficio literario: escritor anónimo de cartas amorosas. El recluta me contaba más o menos cómo era su candidata a novia, tanto físicamente como emocionalmente. A veces hasta me enseñaban fotos de las muchachas. Mi “cliente” me contaba sus problemas con ellas, o bien me detallaba sus películas y canciones favoritas…  De hecho yo estaba haciéndoles entrevistas sin tener ni idea de lo que era el periodismo… Yo les extraía información preciosa. . Con toda esa información en quince minutos yo redactaba la carta.
Aquellos muchachos, al igual que yo, estaban desesperados de amor, aislados en un cuartel remoto con permisos de salida muy cortos, una vez al mes, o dos veces al mes, según los castigos que recibieran de sus superiores, que eran implacables. Así empecé a hacer poesía en prosa sin saber ni lo que estaba haciendo.
Los falsos remitentes firmaban siempre la cartas y las escribían siguiendo mi dictado para que la caligrafía fuera la de ellos. En realidad yo estaba haciendo el trabajo de un ghostwriter, o “escritor fantasma”, o “negro”, una profesión que tampoco conocía por entonces. Estos cortejadores enternecidos uniformados de verde olivo capaces de correr cargando un cañón chino de 75 milímetros sin retroceso, solían pagarme con cigarros, que estaban muy escasos en toda la isla. Los muy fumadores me regalaban algo de lo que tocaba comer (el postre, o un puñado de arroz) en el pésimo comedor del cuartel. Todo esto, que era un lujo allí, gracias al Beny.
Enseguida quedó olvidada nuestra bronca inicial,  y por supuesto, nos hicimos amigos inseparables salvo cuando yo fui trasladado a otra unidad militar donde pasé un curso de sanitario mayor. A partir de ahí seguimos siendo amigos ya en la vida civil, ambos como periodistas, escritores en ciernes, críticos literarios, pintores, escultores… coincidíamos en todo. Fue una etapa bellísima de mi juventud, tanto en el ejército como cuando nos desmovilizaron.
Lo malo de todo el asunto de las cartas amorosas es que al cabo de un par de semanas algunas de esas “novias” o “candidatas a novias” empezaron a buscarme a mí en la unidad militar, los domingos de visitas. De alguna manera descubrieron o intuyeron que el supuesto autor de la carta no era misma la persona que ellas conocían. “Él no habla así como aquí está escrito, así que no puede ser él”, dijo alguna según me contó un recluta acongojado.
Querían conocerme, alguna hasta llegó a decir que estaba enamorada de mí, o sea, de “mis cartas”. Fue la primera vez en mi vida que experimenté en carne y hueso la desconcertante sensación de ser dos personas a la vez. Yo tenía que esconderme esos domingos de visitas, pues no quería agraviar a ningún compañero de armas. Finalmente el Beny se encargó de resolver esos problemas asumiendo a veces él la autoría de algunas cartas.
En fin, querido Beny, ¡yo te debo tanto¡ Una vez, allá por el 2005, yo estaba en situación muy difícil en España y te escribí un email a Miami. Enseguida contestaste ofreciéndome un sofá y espaguetis en tu departamento de Miami. No hizo falta tomarte la palabra, pues simultáneamente otro amigo entrañable, el poeta cubano Antonio Conte, me abría el camino hacia México donde resido desde entonces.
Donde quiera que estés en este momento, amigo, ¿qué te voy a contar que tú no sepas? Cuando existe una gran amistad, no importan la fama, ni la cantidad de ejemplares vendidos, ni los premios, ni las entrevistas televisivas ni las otras, ni todo ese rebumbio de oropeles. Ninguna vanidad es superior a la amistad. Cualquier diferencia en cualquier orden de la vida es superada por la amistad con la velocidad de un rayo. Claro que eso suele ocurrir cuando se trata de una amistad que viene de muy lejos, de los años más difíciles de nuestra generación, una amistad forjada en el fuego, las lágrimas y la frustración. ¿Recuerdas las trincheras en “El Bosque? ¿Recuerdas la caña quemada en Camagüey y los alacranes subiéndonos por las piernas? ¿Te acuerdas de aquel capitán obsesionado conmigo que me puso a cortar caña con un brazo enyesado incluso de noche iluminando mi surco con el buscachivos de un jeep? ¿Recuerdas el tiroteo nocturno que armamos en otro cañaveral, donde luego dijeron que sin querer matamos a una vaca? ¿Te acuerdas cuando cogimos preso en una guagua a un héroe, amigo de Fidel Castro, sin saber ni quién era? Ahora me estoy riendo. De la vaca y del héroe. Pero eso lo contaré mejor en otra parte… si es que Dios me da tiempo y energías.
Son tantos los recuerdos que tendría que escribir una novela para contarlos como merecen, ¡y resulta que no tengo ganas de escribir más novelas! Y menos ahora con esta noticia que me golpea en la alta noche de un desierto mexicano.
¡Descansa en paz, inolvidable Beny!
México, 10 de mayo de 2018.


Con el Beny, Iván Cañas y Antonio Conte, en Miami, un día de noviembre de 2006.


marzo 15, 2018

Prólogo de Manuel Pereira al Marqués de Sade

JUSTINE O LOS INFORTUNIOS DE LA VIRTUD, DEL MARQUÉS DE SADE
PRÓLOGO: MANUEL PEREIRA
EDITORIAL: MIRLO
MÉXICO, 2018.


febrero 02, 2018

Antes que me pregunten

ANTES QUE ME PREGUNTEN: Sí, conocí a Fidelito fugazmente el 8 y el 9 de enero de 1959 en mi barrio de La Habana Vieja por donde él entró junto con su padre en la histórica Caravana de los Barbudos Armados.
Al siguiente día volví a verlo escoltado por dos barbudos, paseándose por mi vecindario. Todos los niños acudimos a verlo. Sonreía mucho, estrechaba manos, quería jugar a la pelota en el Parque del Anfiteatro con nosotros, tal vez imitando a su padre que en esos tiempos le daba la mano a todo el mundo y jugaba béisbol donde quiera que se presentaba la ocasión.
Como teníamos la misma edad y misma estatura, y ambos rubios, Fidelito habló un poquito más conmigo sobre no recuerdo qué. También ocurrió que mi madre me había disfrazado con una gorrita verde olivo y una barba postiza y, por tal motivo -medio en broma y medio en serio- algunos vecinos me confundían con Fidelito y yo los mandaba al diablo entre risas.
Después de eso, no volví a verlo ni en periódicos, ni en televisión, mucho menos en persona. Simplemente desapareció de la escena pública. Nadie sabía nada y yo, mucho menos. Eso es todo lo que puedo decir a título personal. El resto es más o menos del dominio público.
EN LA FOTO: El mítico Comandante Camilo Cienfuegos, Fidelito y su padre, tal y como los conocí en esos primeros días de enero, en mi legendario barrio habanero, en aquel inolvidable año 1959.

enero 25, 2018

La eterna guerra de la mediocridad contra el talento


LA ETERNA GUERRA DE LA MEDIOCRIDAD CONTRA EL TALENTO
Por Manuel Pereira

¿Quién es Anders Osterling? ¿Ustedes lo conocen? Yo tampoco. 

Wikipedia le dedica una línea y media en inglés. Según esa fuente fue un poeta y escritor sueco (1884 – 1981).
Wiki no enumera ni cantidad de obras, ni géneros cultivados, ni los títulos de sus supuestos libros que imagino flaquitos y sin lomo. Evidentemente no era un escritor tenaz, ni un artista consumado. Eso sí, era un académico de pura cepa. En 1919 entró en la Academia Sueca y desde entonces ya no salió de allí.
Pues resulta que este señor Osterling fue el culpable de que a Jorge Luis Borges no le dieran el Premio Nobel en 1967.
Esa noticia se supo hoy, pues fue ahora (! Medio siglo después¡) que desclasificaron el informe secreto de esa Academia tan sospechosa, ya que siendo literaria o cultural se comporta como el Pentágono escondiendo planos de armas secretas durante cinco décadas. 
¡No sabía yo que los libros pudieran ser bombas atómicas! Y ahora que lo pienso mejor... ciertamente el libro de alguien con talento puede ser -y de hecho es- la bomba atómica para los escritores mediocres!
No obstante, hay que decir que de todos los bodrios que seguramente escribió Anders Osterling quedan para la inmortalidad estas palabras sobre Borges: «demasiado exclusivo o artificial en su ingenioso arte en miniatura».
¡Vaya... pareciera que le está perdonando la vida al argentino!
Con tan solo diez palabras este señor académico -sin duda plúmbeo y tedioso en las aulas o en conferencias llenas de bostezos- expulsó del Valhalla escandinavo a un autor con más de veinte libros inmortales en su haber. 
Con tan solo diez palabras garabateadas en un informe secreto este académico envanecido intentó eliminar de un plumazo una obra monumental que es uno de los tesoros estéticos y espirituales de la Humanidad.
Y si eso ocurre en Suecia... ¿qué no pasará en el resto de países en ámbitos literarios, académicos, culturales...?
Finalmente -y siempre- Borges ha triunfado. Porque no era la famosa Academia la que hubiera prestigiado a Borges con un premio, sino al revés, hubiera sido Borges con su solo nombre quien habría prestigiado mil veces a la Academia. 
Pero ¿qué le vamos a hacer? En esta vida y en la otra, cada quien carga con el descrédito literario que se merece. Esto es válido no sólo para individuos, también para organizaciones, jurados, etc...
En mi opinión, la Academia Sueca desde entonces se desprestigió para siempre.
Salvo honrosas excepciones -que no hacen más que confirmar la regla- yo no me dejo seducir a primera vista por ningún Premio Nobel. Considero que es perder el tiempo, y el dinero, además de contribuir al "renombre" de una institución bastante mentirosa, que politiza la belleza, demasiado escorada a la izquierda, o sea fanática, pues sólo sabe ver el mundo de las letras con un solo ojo. Los que no opinan en política como ellos, no cuentan, no existen. 
Todo lo que publiquen esos suecos está bajo permanente sospecha, y en todo caso hay que escudriñarlo con lupa, pues sus miembros ni siquiera han tenido la decencia de pedir disculpas por lo que hicieron con Borges en 1967. Al menos no lo han hecho, que yo sepa, hasta el momento en que escribo esta nota... 
10 enero 2018: Borges -desde el Más Allá y con elegante amabilidad- le ha enviado un regalito de Reyes a su gran enemigo Anders Osterling. Acaba de obsequiarle 24 horas de "fama". Lo ha sacado -al menos por un día- del eterno olvido que se labró y que se merece. 
Mañana, o pasado mañana, el fantasma anodino del señor Osterling volverá al noveno círculo del Infierno de la Literatura, que es adonde pertenece. 
En cambio, Borges seguirá siendo leído en todo el mundo cada día más y más por millones de lectores... y así hasta la eternidad.
Eso se llama Justicia Poética.

México, 10 enero 2018.

noviembre 15, 2017

El Cristo rumbero

EL CRISTO RUMBERO
Por Manuel Pereira
Al pie de la palma, sudando y de cara al sol, el recluta castigado conectó mentalmente con otro episodio canino donde Titán le ladraba a un militar de primerísimo rango. Fue a mediados de 1959, el primer año de la revolución, el más luminoso. 

Joaquín jugaba a la pelota con los mataperros en un parque frente a la bahía. De pronto se armó un alboroto a la salida del túnel submarino. Doscientos caballos salían del fondo del mar. Los mataperros soltaron bates, guantes y pelotas. Joaquín corrió hacia la boca del túnel. Algo trascendental estaba ocurriendo allí y él no podía perdérselo. Titán lo siguió saltando y ladrando. 
Casi cada día ocurría algo extraordinario en su barrio. Y él tenía la sensación de flotar embelesado en una atmósfera epopéyica. Nacido en el puerto, entre maleantes, navajas y pistolas, pocos meses atrás había visto con sus ojos a titanes mitológicos entrando triunfalmente en la ciudad. 
Ahora corría por el parque hacia el túnel para encontrarse sin saberlo con el más místico de esos colosos. Iba tan embalado que chocó contra la yegua blanca del comandante Camilo Cienfuegos, sonriente y jaranero. No en balde le llamaban el “Cristo Rumbero”. 
Entonces vio el fulgor de su sonrisa iluminando su barba patriarcal. Se inclinaba desde la cabalgadura para estrechar manos. Todo en él era jovialidad y desenfado.
Detrás del Comandante venía una caballería de doscientos campesinos con sombreros de yarey y machetes. Él los traía desde campos remotos precisamente para que conocieran la fastuosa capital. Los ladridos de Titán asustaron a la yegua que empezó a piafar mirando de reojo al perro. Joaquín contemplaba deslumbrado los nervios hinchados en el cuello de la yegua. Con el fusil colgando de un hombro, Camilo miró al perro de Joaquín y le lanzó un par de besos. Titán enseguida se tranquilizó. 
Para Joaquín, ver a Camilo en persona equivalía a asistir al espectáculo de un dios bajando desde las nubes. A todas luces, era el más carismático de los principales jefes de la insurrección.
Pronto acudieron más curiosos. Todos aplaudían al héroe de cien fuegos en cien batallas. Se había cortado la histórica melena y en vez del habitual sombrero alón ahora llevaba uno de yarey para no desentonar con los guajiros que lo seguían desde quien sabe dónde.
De pronto a Camilo se le cayó el tabaco que estaba fumando y entre los presentes alguien entonó una canción de Beny Moré: “Se te cayó el tabaco, Camilo, se te cayó...”. Espontáneamente el gentío empezó a bailar dando palmadas. Todos coreaban el gracioso estribillo con el improvisado cambio de “mi hermano” por “Camilo”. 
Lejos de ofenderse, el Comandante soltó la carcajada y empezó a bailar encima de la montura. Flaco y gesticulante, parecía un esqueleto rumbero vestido de verde olivo. Todo el pueblo se balanceaba rítmicamente en la rumbantela presidida en lo alto por Cristo bailando en su cruz.
Horas más tarde, en el silencio de la noche, Joaquín observaba asombrado unas largas hileras de excrementos de caballos en la avenida del Puerto. Escudriñaba la extraña forma de cada mojón brillando bajo la Luna. 
De pronto, salido de la nada, oyó un guitarreo y esta décima guajira:
“¿Venga acá, señor Jurado,
Cómo es eso que su mulo?
¿Venga acá, señor Jurado,
Cómo es eso que su mulo?
Teniendo redondo el culo
Puede cagar cuadrado?”

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(*) Un cuento sacado del nuevo libro de Manuel Pereira: "La Estrella Perro", de próxima aparición en la editorial Textofilia, México.

Derechos reservados: Manuel Pereira, 2017.

Derechos reservados: Textofilia S.C. México

octubre 16, 2017

EL CHE AJEDRECISTA

EN EL 50 ANIVERSARIO
DE LA MUERTE
DEL CHE GUEVARA



EL CHE AJEDRECISTA

MANUEL PEREIRA


En 1962 yo tenía 13 años y me había colado en el Primer Torneo Internacional de ajedrez “Capablanca in memoriam” que se celebraba en el mezanine del Hotel Habana Libre (antes Habana Hilton). No sé cómo conseguí colarme en aquel lujoso salón tan vigilado, pero allí estaba yo, codeándome con celebridades mundiales del juego-ciencia.
Antes de 1959 en Cuba a nadie le interesaba el ajedrez. A raíz del triunfo de la revolución –y bajo la influencia soviética- el gobierno fomentó la pasión por el ajedrez logrando que muchos cubanos lo jugaran en parques, colegios, hogares, azoteas, plazas. .. No llegó a sustituir a la pelota, ni al boxeo, pero… casi.
Por entonces yo sólo sabía mover las piezas y estaba allí para aprender algo de teoría aunque muchos movimientos reflejados en la pantalla gigante de la pared escapaban a mi comprensión. Por si fuera poco, también pretendía anotar en una libreta algunas jugadas magistrales. De más está decir que estaba encantado viendo jugar a los grandes maestros  invitados. Había ingleses, alemanes, argentinos, rusos (o soviéticos), suecos…  
Cansado de observar a los jugadores y de pasearme de aquí para allá, me senté en el suelo, cerca del espacio reservado para los concursantes ensimismados en sus tableros y con las cabezas entre las manos.
Súbitamente todas esas personalidades tan célebres dejaron de serlo. Acababa de entrar allí  alguien mucho más famoso que todos ellos. Alguien que enseguida acaparó la atención de jugadores, camareros, fotógrafos, periodistas, diplomáticos, curiosos… todos quedaron hipnotizados, todos menos yo por estar sentado, lo cual me impedía ver lo que estaba pasando; todos hechizados menos yo, porque en ese preciso instante sentí en mi rostro el fétido resuello de un enorme perro con la lengua afuera que me miraba con cara de pocos amigos. Asustado, me levanté de un salto. Por suerte una cadena de eslabones plateados retenía al poderoso animal, una cadena empuñada por la mano del mismísimo Comandante Ché Guevara. Lo tenía frente a mis narices. Boquiabierto, retrocedí un paso. Recordé que un par de años atrás -cuando aparecieron sus primeras fotos en la prensa- circulaba el rumor de que era Cantinflas que había combatido en las montañas junto con Camilo Cienfuegos y Fidel Castro. Y en verdad tenía cierto aire de familia con el actor mexicano.
En el salón todos lo aplaudían, le hacían preguntas, le pedían autógrafos, lo ovacionaban. Sin duda, un mítico guerrillero ya conocido a escala mundial. Se había cortado la larga melena aunque conservaba barba y bigote. En la boina negra brillaba la estrellita metálica. Los bolsillos de su chaqueta militar estaban llenos de papeles y algunos tabacos. Del cinturón de cuero colgaba la pistola.
Dijo sonriendo: “Solo vengo a saludar y a jugar un poco”. Se quitó el tabaco de la boca y agregó entre irónico y jovial: “Ustedes me perdonarán que haya ensuciado este suelo de mármol, pero es que vengo de hacer trabajo voluntario agrícola en una Granja del Pueblo” (risas). Tras de sí había dejado un largo rastro de huellas de fango. Sus botas acarreaban unas tortas de barro tan grandes que semejaban raquetas para andar en la nieve en un país sin nieve. Hablaba despacio y entre bocanadas de humo. Remató la efímera charla (más bien monólogo) con otra burla disimulada: “¡Ah! Y perdonen también si mi perro dejó alguna gracia por allá atrás” (más risas).
Entonces entró en el recinto reservado para los jugadores donde se puso a observar diversas partidas. Luego se sentó a jugar con algún extranjero.
Fue la primera y única vez que vi en persona al Che Guevara. El resto es historia.

Derechos reservados: Manuel Pereira, 2017.
Derechos reservados: Textofilia S.C.

enero 07, 2017

Encuentros cercanos con Fidel Castro

ENCUENTROS CERCANOS CON FIDEL CASTRO
Por Manuel Pereira

Mi primera visión de Fidel fue cuando entró en La Habana el 8 de enero de 1959. Yo tenía diez años y lo vi pasar por la Avenida del Puerto montado en un vehículo militar, rodeado de barbudos, saludando con la mano a la multitud. El ambiente era apoteósico, como de carnaval mezclado con epifanía. Todas las clases sociales confluían allí para vitorear a los rebeldes.

Del principal barbudo parecía irradiar una fuerza dominante. Contribuían a ese carisma su estatura, su perfil clásico de boxeador griego, el fusil de mira telescópica colgando del hombro, el tabaco en la boca, sus dotes de orador. Todo lo cual generaba una atmósfera romántica.

En mi imaginación infantil, el barbudo vestido de verde olivo parecía un híbrido de Robin Hood con Santa Claus. Los desaliñados guerrilleros que desfilaban equivalían a la cabalgata de los Reyes Magos ¿Acaso no venían de Oriente y hasta estrellitas adornaban sus gorras y charreteras?

Mi segundo encuentro con él tuvo lugar a comienzos del año 1961. Yo nadaba en la piscina de una playa en la costa oeste habanera recién convertida en Círculo Social Obrero, adonde yo acudía a practicar judo. De pronto el mítico barbudo apareció en el borde de la piscina y todos los niños salimos del agua para saludarlo. Risueño, él nos pasaba la mano por las cabezas mojadas. Alguien sacó una foto del grupo que luego vi expuesta en una oficina del balneario. En cuanto mi padre pidió una copia, o el negativo, la foto desapareció. Nadie sabía nada, los empleados de la oficina se encogían de hombros. Misterio.

Tercer encuentro cercano. Una noche de septiembre de 1965 llegué a la cafetería de “El Patio”, en la Plaza de la Catedral, donde me reuní con mis amigos rocanroleros para cantar canciones prohibidas de los Beatles. Me dijeron que Fidel estaba cenando en la planta alta. Yo estaba a punto de cumplir 17 años y por entonces era recluta del Servicio Militar Obligatorio. Me puse a dibujar en una servilleta una caricatura de Fidel con el tabaco humeante. En pocos minutos bajó el barbudo adonde bebíamos té. En tres zancadas llegó hasta nosotros: “¿Ustedes son de Camarioca?”, nos espetó con los brazos en jarra.

Horas antes había pronunciado un discurso proclamando que quien quisiera abandonar la isla podía hacerlo por el puerto de Camarioca, al este de La Habana. Allí tendría lugar el primer éxodo masivo de cubanos hacia Miami.

Se sentó a mi lado y preguntó quién le había hecho una caricatura. Yo me quedé boquiabierto. ¿Cómo sabía eso si él estaba en la planta alta del restaurante? Ya en Cuba estaba prohibido el humorismo gráfico referido a la primera figura. Me miró de reojo sonriendo. Quería ver la caricatura. Le entregué la servilleta algo temeroso. Al parecer le gustó y me pidió que la firmara, se la guardó en un bolsillo lleno de papeles y plumas, y entonces me ofreció una beca para estudiar pintura en Polonia. Le dije: “no, gracias”. Fue algo que me salió del fondo del alma, sin pensarlo. Él levantó las cejas y cambió de tema.

¿Qué por qué dije no? La respuesta se puede leer con lujo de detalles en mi novela Insolación (Diana, México, 2006. También en editorial Bokeh, Leiden, marzo 2015).

Aunque era recluta, esa noche yo andaba vestido de civil. Pero Fidel se fijó en mi cabeza rapada. “¿Eres soldado?”. Le dije que sí. Me pasó la mano por la cabeza -igual que cuatro años atrás en la piscina- y exclamó: “¡Ah, entonces eres de los nuestros!”. O sea, que mis amigos no eran de los “suyos”.

En ese momento el traductor de Gromiko (ministro de Asuntos Exteriores de la URSS) se inclinó y le susurró algo al oído. El comandante se volvió bruscamente, como un basilisco: “¡Ahhh, dile que se vaya para casa del carajo! Si tiene sueño que se vaya a dormir. ¡Coño, ni siquiera me dejan estar un rato con los muchachos!”.

Yo me asombré de que maltratara en público al representante de la segunda potencia atómica mundial. Al parecer no les perdonaba a los soviéticos que le hubieran quitado los cohetes nucleares tres años antes durante la Crisis de los Misiles.  

Era casi la una de la madrugada. Fidel siguió interrogando a mis amigos, como haría un policía con una pandilla de sospechosos habituales. Al rato se levantó de nuestra mesa y me invitó a ver su carro, cerca de allí. Me mostró su asiento de copiloto, donde había una pequeña biblioteca con algunos libros y periódicos, un teléfono y un tablero deslizante para escribir. “Es mi oficina ambulante”, bromeó. Los del séquito estallaron en carcajadas.

Tal vez tuvo ese detalle conmigo porque le gustó la caricatura, quizá porque me consideraba uno “de los nuestros”, o acaso para retrasar más su partida con tal de fastidiar al jerarca soviético que se caía de sueño. Me dio la mano, se metió en su Oldsmobile verdeolivo y desapareció en la noche seguido por los carros de la escolta.

Cuarto encuentro cercano. Año 1978, Palacio de la Revolución, adonde yo estaba invitado para una recepción cultural. Por entonces yo era Subdirector de la revista CINE CUBANO y conversaba, en un aparte, con Carlos Rafael Rodríguez, vicepresidente del Consejo de Estado: el más culto de la cúpula gobernante. Nos gustaba hablar de literatura, recuerdo que esa noche el tema era Valéry y El cementerio marino.

De pronto oí una voz de mujer gritando mi nombre a lo lejos. Los gritos venían de la mesa llena de comida y bebidas donde se aglomeraban los invitados. Yo me sobresalté ligeramente. La que daba aquellos gritos atronadores era una mexicana chaparra, rubia, siempre afectuosa conmigo: Marta Solís, corresponsal de la revista SIEMPRE. Iba literalmente colgada del brazo de Fidel, y me hacía señas para que me acercara. Carlos Rafael me dijo: “¡ve para allá, muchacho!”. Me acerqué al enjambre humano que rodeaba al barbudo. Era una coreografía de ballet en cámara lenta, pues cada vez que Fidel daba un paso hacia un lado u otro, todos lo seguían como alfileres pegados a un imán.

“Me dice Marta que publicaste una novela que se llama El Comandante Veneno”, me dijo cuando lo tuve enfrente. En efecto, era mi primera novela, sobre la alfabetización.
“¿Y quién es ese Comandante Veneno?”, sonrió. Así que viéndolo de buen humor, le solté: “Usted”. “¿Yo?”, preguntó asombrado. Creí que había metido la pata hasta la ingle. Pero enseguida agregó: “¡Ah, entonces quiero leer ese libro! ¿Se lo puedes dar a Carlos Rafael para mí?”

Poco después la mesa se llenó de cocos glacé. Todos cogíamos uno, pero él protestó: “¿Y no hay coco glacé para mí?” Una periodista española, descalza, babeante de emoción, se empinaba para hablar con él. Fidel coqueteaba con ella. La periodista hizo el gesto de alcanzarle uno de los postres desplegados en la mesa, pero “Chomi” Miyar -mano derecha del Comandante- alzó las cejas y la petrificó en el acto. Entonces salió de una puerta secreta un cocinero con gorro blanco que traía un coco helado único, especialmente preparado para el Comandante. Me acordé de Rasputín con las galletas de cianuro y también de los Borgia.

Quinto encuentro. Teatro García Lorca, 1978. El español Antonio Gades y Alicia Alonso acababan de bailar juntos. Lejos de las tablas, en un reservado del mezzanine, Fidel Castro departía con algunos altos funcionarios. Yo estaba afuera, cubriendo el evento como periodista cultural.

De pronto alguien abrió la puerta del reservado y me pidió que fuera urgente a buscar a Gades, pues Fidel quería conocerlo. Me adentré entre bambalinas, irrumpí en el camerino del bailaor flamenco, a quien yo conocía bien. Estaba desmaquillándose ante un espejo, lo saqué corriendo, sin darle tiempo a quitarse el disfraz de fauno o de diablo. Lo llevé al trote hasta el reservado. Antonio estaba tan ansioso por conocer a su ídolo que empujó la puerta de sopetón, Fidel estaba de espaldas y al oír el ruido se volvió súbitamente con una mirada torva que jamás olvidaré. Recordé que trece años atrás se había girado hacia Gromiko con idéntica ira para increparlo.

Gades entró, y yo me quedé un par de minutos asomado en la puerta, siempre a prudencial distancia del imprevisible Comandante. Ver al bailarín disfrazado de diablo conversando con Fidel se me antojó una escena fáustica.

Poco después, ya en el escenario, Fidel rodeado de bailarinas empezó a gritar: “¿Dónde está Ñico?” (Ñico: capitán y espeleólogo Antonio Núñez Jiménez). Se burlaba: “¿En qué cueva se ha metido esta vez?”. Risas. El Comandante invitó a Ñico, a Gades y a un grupo reducido a comer en su casa, donde él mismo cocinaría su última receta: espaguetis con… salsa de mango. ¡Puajj!

Me informaron que yo no estaba invitado, de lo cual me alegré mientras regresaba a mi casa, aliviado de escapar de aquella locura de guardaespaldas clavándote los codos en las costillas, a veces con miradas aviesas. Fue la última vez que lo vi en persona. Gracias a Dios.

(*) Publicado en la revista LETRAS LIBRES, número 217, enero 2017, pág. 10.

julio 22, 2016

Ruleta rusa con cerezas

RULETA RUSA CON CEREZAS
Por Manuel Pereira

Fotograma de El cazador, de Michael Cimino.


Recientemente fallecieron, casi al mismo tiempo, dos gigantes del Séptimo Arte: el norteamericano Michael Cimino y el iraní Abbas Kiarostami.

En 1979 yo formaba parte de la delegación cubana en el Festival de Berlín donde proyectaron la película de Cimino The Deer Hunter (El cazador), la cual provocó un gran revuelo porque retrataba las torturas (físicas y psíquicas) que los guerrilleros vietnamitas infligían a los soldados americanos prisioneros, la peor de las cuales consistía en obligarlos a “jugar” a la ruleta rusa. En una de esas brutales escenas, aparecía al fondo de la cabaña de bambú un retrato de Ho Chí Min. 

En ese preciso instante, la delegación de cineastas vietnamitas -a dos filas de butacas por delante de la nuestra- se levantó y salió de la sala oscura. En efecto dominó, más solemnes que airados, las delegaciones de los países comunistas hicieron lo mismo. Soviéticos, germano-orientales, búlgaros, checoslovacos y polacos se retiraron de la sala en protesta contra las imágenes que se sucedían en la pantalla. Ritual de anatema practicado quisquillosamente por los países del campo socialista durante la Guerra Fría.

El cineasta Pastor Vega -jefe de nuestra delegación- no tardó en pedirnos que saliéramos en fila india. La orden venía de “arriba”, dijo apuntando con el índice al techo, pero en rigor el ucase no procedía de La Habana, sino por carambola desde Moscú. A partir de ese momento los medios alemanes e internacionales no hablaban de otra cosa: la crisis política provocada por el filme de Cimino.

El escándalo que se armó fue tan colosal que al día siguiente las autoridades de Berlín (o las del Festival) nos “invitaron cordialmente” a abandonar el hotel Kempinski. Tuvimos que hacer maletas a toda prisa y salir, casi corriendo, de la ciudad cruzando hacia Berlín Oriental a través de la Puerta de Brandeburgo. Los soldados norteamericanos allí apostados nos miraban con una mezcla de perplejidad y curiosidad, mientras que, al otro lado, los guardias de frontera soviéticos, nos recibían como “invitados especiales” con saludos militares. Con ocho grados bajo cero, aquello parecía la clásica secuencia de una película de intercambio de espías.

Yo lamentaba haberme perdido una película que prometía tanto. Durante muchos años soñé con verla completa hasta que, ya en mi exilio europeo, pude cumplir ese deseo y comprobar que es una obra maestra. No podía ser de otro modo contando con una exquisita banda sonora y las brillantes actuaciones de Robert De Niro, Christopher Walken, Meryl Streep, John Cazale, John Savage…

Los detractores de Cimino lo acusaron de “fascista” y “reaccionario”, llegaron a definir su filme como la “versión del Pentágono sobre la guerra de Vietnam”. Pero El cazador no es un filme bélico sino más bien antibélico, que habla de la amistad y de cómo el dolor la incrementa. Lo esencial -lo que no supieron o no quisieron ver los críticos superficiales- es el tema del amor al terruño y a los amigos.

Muy ajeno a lo anterior parece ser el cine de Kiarostami, quien elabora poemas visuales con el argumento recurrente de la búsqueda de alguien, ya sean actores, un condiscípulo o cualquiera capaz de enterrar a un inminente suicida…

Su cine es bello como un azulejo de Isfahan. En ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987) el azul se extiende como la sombra elástica de los gatos persas llamados “azules”. Es una seña de identidad que irradia desde las minas de lapislázuli de Persia.

Ya desde el primer fotograma vemos una puerta azul, el pantalón del niño es azul. La ropa tendida, azul. Diversos tonos de azules convierten la pantalla en paleta de pintor. Como dijo el cineasta: “nunca he estudiado cine, sí pintura en Bellas Artes”. Así destila Kiarostami un lenguaje cromático que va bordando una intrincada alfombra persa.

En El sabor de las cerezas (1997) los colores cambian a la gama cálida. El aspirante a suicida recorre en su camioneta las afueras de Teherán donde el polvo rojizo de las canteras flota sobre montes de escasa vegetación. La ropa del protagonista es carmelita, y habla de la tierra constantemente, casi como si pudiera comerse, o ella comernos a nosotros. Cuando un taxidermista turco exhorta al suicida en potencia a desistir recurre al sabor de las cerezas, y entonces pareciera que saboreamos con los ojos la sinestesia de un poema de Omar  Khayyam.

La conexión secreta entre esta película del iraní y la del estadounidense es que se trata de dos candidatos al suicidio: uno rechazando el sabor de las cerezas y otro jugando al azar con un revólver cargado con una sola bala. Ruleta rusa con cerezas.