octubre 16, 2017

EL CHE AJEDRECISTA

EN EL 50 ANIVERSARIO
DE LA MUERTE
DEL CHE GUEVARA



EL CHE AJEDRECISTA

MANUEL PEREIRA


En 1962 yo tenía 13 años y me había colado en el Primer Torneo Internacional de ajedrez “Capablanca in memoriam” que se celebraba en el mezanine del Hotel Habana Libre (antes Habana Hilton). No sé cómo conseguí colarme en aquel lujoso salón tan vigilado, pero allí estaba yo, codeándome con celebridades mundiales del juego-ciencia.
Antes de 1959 en Cuba a nadie le interesaba el ajedrez. A raíz del triunfo de la revolución –y bajo la influencia soviética- el gobierno fomentó la pasión por el ajedrez logrando que muchos cubanos lo jugaran en parques, colegios, hogares, azoteas, plazas. .. No llegó a sustituir a la pelota, ni al boxeo, pero… casi.
Por entonces yo sólo sabía mover las piezas y estaba allí para aprender algo de teoría aunque muchos movimientos reflejados en la pantalla gigante de la pared escapaban a mi comprensión. Por si fuera poco, también pretendía anotar en una libreta algunas jugadas magistrales. De más está decir que estaba encantado viendo jugar a los grandes maestros  invitados. Había ingleses, alemanes, argentinos, rusos (o soviéticos), suecos…  
Cansado de observar a los jugadores y de pasearme de aquí para allá, me senté en el suelo, cerca del espacio reservado para los concursantes ensimismados en sus tableros y con las cabezas entre las manos.
Súbitamente todas esas personalidades tan célebres dejaron de serlo. Acababa de entrar allí  alguien mucho más famoso que todos ellos. Alguien que enseguida acaparó la atención de jugadores, camareros, fotógrafos, periodistas, diplomáticos, curiosos… todos quedaron hipnotizados, todos menos yo por estar sentado, lo cual me impedía ver lo que estaba pasando; todos hechizados menos yo, porque en ese preciso instante sentí en mi rostro el fétido resuello de un enorme perro con la lengua afuera que me miraba con cara de pocos amigos. Asustado, me levanté de un salto. Por suerte una cadena de eslabones plateados retenía al poderoso animal, una cadena empuñada por la mano del mismísimo Comandante Ché Guevara. Lo tenía frente a mis narices. Boquiabierto, retrocedí un paso. Recordé que un par de años atrás -cuando aparecieron sus primeras fotos en la prensa- circulaba el rumor de que era Cantinflas que había combatido en las montañas junto con Camilo Cienfuegos y Fidel Castro. Y en verdad tenía cierto aire de familia con el actor mexicano.
En el salón todos lo aplaudían, le hacían preguntas, le pedían autógrafos, lo ovacionaban. Sin duda, un mítico guerrillero ya conocido a escala mundial. Se había cortado la larga melena aunque conservaba barba y bigote. En la boina negra brillaba la estrellita metálica. Los bolsillos de su chaqueta militar estaban llenos de papeles y algunos tabacos. Del cinturón de cuero colgaba la pistola.
Dijo sonriendo: “Solo vengo a saludar y a jugar un poco”. Se quitó el tabaco de la boca y agregó entre irónico y jovial: “Ustedes me perdonarán que haya ensuciado este suelo de mármol, pero es que vengo de hacer trabajo voluntario agrícola en una Granja del Pueblo” (risas). Tras de sí había dejado un largo rastro de huellas de fango. Sus botas acarreaban unas tortas de barro tan grandes que semejaban raquetas para andar en la nieve en un país sin nieve. Hablaba despacio y entre bocanadas de humo. Remató la efímera charla (más bien monólogo) con otra burla disimulada: “¡Ah! Y perdonen también si mi perro dejó alguna gracia por allá atrás” (más risas).
Entonces entró en el recinto reservado para los jugadores donde se puso a observar diversas partidas. Luego se sentó a jugar con algún extranjero.
Fue la primera y única vez que vi en persona al Che Guevara. El resto es historia.

Derechos reservados: Manuel Pereira, 2017.
Derechos reservados: Textofilia S.C.

enero 07, 2017

Encuentros cercanos con Fidel Castro

ENCUENTROS CERCANOS CON FIDEL CASTRO
Por Manuel Pereira

Mi primera visión de Fidel fue cuando entró en La Habana el 8 de enero de 1959. Yo tenía diez años y lo vi pasar por la Avenida del Puerto montado en un vehículo militar, rodeado de barbudos, saludando con la mano a la multitud. El ambiente era apoteósico, como de carnaval mezclado con epifanía. Todas las clases sociales confluían allí para vitorear a los rebeldes.

Del principal barbudo parecía irradiar una fuerza dominante. Contribuían a ese carisma su estatura, su perfil clásico de boxeador griego, el fusil de mira telescópica colgando del hombro, el tabaco en la boca, sus dotes de orador. Todo lo cual generaba una atmósfera romántica.

En mi imaginación infantil, el barbudo vestido de verde olivo parecía un híbrido de Robin Hood con Santa Claus. Los desaliñados guerrilleros que desfilaban equivalían a la cabalgata de los Reyes Magos ¿Acaso no venían de Oriente y hasta estrellitas adornaban sus gorras y charreteras?

Mi segundo encuentro con él tuvo lugar a comienzos del año 1961. Yo nadaba en la piscina de una playa en la costa oeste habanera recién convertida en Círculo Social Obrero, adonde yo acudía a practicar judo. De pronto el mítico barbudo apareció en el borde de la piscina y todos los niños salimos del agua para saludarlo. Risueño, él nos pasaba la mano por las cabezas mojadas. Alguien sacó una foto del grupo que luego vi expuesta en una oficina del balneario. En cuanto mi padre pidió una copia, o el negativo, la foto desapareció. Nadie sabía nada, los empleados de la oficina se encogían de hombros. Misterio.

Tercer encuentro cercano. Una noche de septiembre de 1965 llegué a la cafetería de “El Patio”, en la Plaza de la Catedral, donde me reuní con mis amigos rocanroleros para cantar canciones prohibidas de los Beatles. Me dijeron que Fidel estaba cenando en la planta alta. Yo estaba a punto de cumplir 17 años y por entonces era recluta del Servicio Militar Obligatorio. Me puse a dibujar en una servilleta una caricatura de Fidel con el tabaco humeante. En pocos minutos bajó el barbudo adonde bebíamos té. En tres zancadas llegó hasta nosotros: “¿Ustedes son de Camarioca?”, nos espetó con los brazos en jarra.

Horas antes había pronunciado un discurso proclamando que quien quisiera abandonar la isla podía hacerlo por el puerto de Camarioca, al este de La Habana. Allí tendría lugar el primer éxodo masivo de cubanos hacia Miami.

Se sentó a mi lado y preguntó quién le había hecho una caricatura. Yo me quedé boquiabierto. ¿Cómo sabía eso si él estaba en la planta alta del restaurante? Ya en Cuba estaba prohibido el humorismo gráfico referido a la primera figura. Me miró de reojo sonriendo. Quería ver la caricatura. Le entregué la servilleta algo temeroso. Al parecer le gustó y me pidió que la firmara, se la guardó en un bolsillo lleno de papeles y plumas, y entonces me ofreció una beca para estudiar pintura en Polonia. Le dije: “no, gracias”. Fue algo que me salió del fondo del alma, sin pensarlo. Él levantó las cejas y cambió de tema.

¿Qué por qué dije no? La respuesta se puede leer con lujo de detalles en mi novela Insolación (Diana, México, 2006. También en editorial Bokeh, Leiden, marzo 2015).

Aunque era recluta, esa noche yo andaba vestido de civil. Pero Fidel se fijó en mi cabeza rapada. “¿Eres soldado?”. Le dije que sí. Me pasó la mano por la cabeza -igual que cuatro años atrás en la piscina- y exclamó: “¡Ah, entonces eres de los nuestros!”. O sea, que mis amigos no eran de los “suyos”.

En ese momento el traductor de Gromiko (ministro de Asuntos Exteriores de la URSS) se inclinó y le susurró algo al oído. El comandante se volvió bruscamente, como un basilisco: “¡Ahhh, dile que se vaya para casa del carajo! Si tiene sueño que se vaya a dormir. ¡Coño, ni siquiera me dejan estar un rato con los muchachos!”.

Yo me asombré de que maltratara en público al representante de la segunda potencia atómica mundial. Al parecer no les perdonaba a los soviéticos que le hubieran quitado los cohetes nucleares tres años antes durante la Crisis de los Misiles.  

Era casi la una de la madrugada. Fidel siguió interrogando a mis amigos, como haría un policía con una pandilla de sospechosos habituales. Al rato se levantó de nuestra mesa y me invitó a ver su carro, cerca de allí. Me mostró su asiento de copiloto, donde había una pequeña biblioteca con algunos libros y periódicos, un teléfono y un tablero deslizante para escribir. “Es mi oficina ambulante”, bromeó. Los del séquito estallaron en carcajadas.

Tal vez tuvo ese detalle conmigo porque le gustó la caricatura, quizá porque me consideraba uno “de los nuestros”, o acaso para retrasar más su partida con tal de fastidiar al jerarca soviético que se caía de sueño. Me dio la mano, se metió en su Oldsmobile verdeolivo y desapareció en la noche seguido por los carros de la escolta.

Cuarto encuentro cercano. Año 1978, Palacio de la Revolución, adonde yo estaba invitado para una recepción cultural. Por entonces yo era Subdirector de la revista CINE CUBANO y conversaba, en un aparte, con Carlos Rafael Rodríguez, vicepresidente del Consejo de Estado: el más culto de la cúpula gobernante. Nos gustaba hablar de literatura, recuerdo que esa noche el tema era Valéry y El cementerio marino.

De pronto oí una voz de mujer gritando mi nombre a lo lejos. Los gritos venían de la mesa llena de comida y bebidas donde se aglomeraban los invitados. Yo me sobresalté ligeramente. La que daba aquellos gritos atronadores era una mexicana chaparra, rubia, siempre afectuosa conmigo: Marta Solís, corresponsal de la revista SIEMPRE. Iba literalmente colgada del brazo de Fidel, y me hacía señas para que me acercara. Carlos Rafael me dijo: “¡ve para allá, muchacho!”. Me acerqué al enjambre humano que rodeaba al barbudo. Era una coreografía de ballet en cámara lenta, pues cada vez que Fidel daba un paso hacia un lado u otro, todos lo seguían como alfileres pegados a un imán.

“Me dice Marta que publicaste una novela que se llama El Comandante Veneno”, me dijo cuando lo tuve enfrente. En efecto, era mi primera novela, sobre la alfabetización.
“¿Y quién es ese Comandante Veneno?”, sonrió. Así que viéndolo de buen humor, le solté: “Usted”. “¿Yo?”, preguntó asombrado. Creí que había metido la pata hasta la ingle. Pero enseguida agregó: “¡Ah, entonces quiero leer ese libro! ¿Se lo puedes dar a Carlos Rafael para mí?”

Poco después la mesa se llenó de cocos glacé. Todos cogíamos uno, pero él protestó: “¿Y no hay coco glacé para mí?” Una periodista española, descalza, babeante de emoción, se empinaba para hablar con él. Fidel coqueteaba con ella. La periodista hizo el gesto de alcanzarle uno de los postres desplegados en la mesa, pero “Chomi” Miyar -mano derecha del Comandante- alzó las cejas y la petrificó en el acto. Entonces salió de una puerta secreta un cocinero con gorro blanco que traía un coco helado único, especialmente preparado para el Comandante. Me acordé de Rasputín con las galletas de cianuro y también de los Borgia.

Quinto encuentro. Teatro García Lorca, 1978. El español Antonio Gades y Alicia Alonso acababan de bailar juntos. Lejos de las tablas, en un reservado del mezzanine, Fidel Castro departía con algunos altos funcionarios. Yo estaba afuera, cubriendo el evento como periodista cultural.

De pronto alguien abrió la puerta del reservado y me pidió que fuera urgente a buscar a Gades, pues Fidel quería conocerlo. Me adentré entre bambalinas, irrumpí en el camerino del bailaor flamenco, a quien yo conocía bien. Estaba desmaquillándose ante un espejo, lo saqué corriendo, sin darle tiempo a quitarse el disfraz de fauno o de diablo. Lo llevé al trote hasta el reservado. Antonio estaba tan ansioso por conocer a su ídolo que empujó la puerta de sopetón, Fidel estaba de espaldas y al oír el ruido se volvió súbitamente con una mirada torva que jamás olvidaré. Recordé que trece años atrás se había girado hacia Gromiko con idéntica ira para increparlo.

Gades entró, y yo me quedé un par de minutos asomado en la puerta, siempre a prudencial distancia del imprevisible Comandante. Ver al bailarín disfrazado de diablo conversando con Fidel se me antojó una escena fáustica.

Poco después, ya en el escenario, Fidel rodeado de bailarinas empezó a gritar: “¿Dónde está Ñico?” (Ñico: capitán y espeleólogo Antonio Núñez Jiménez). Se burlaba: “¿En qué cueva se ha metido esta vez?”. Risas. El Comandante invitó a Ñico, a Gades y a un grupo reducido a comer en su casa, donde él mismo cocinaría su última receta: espaguetis con… salsa de mango. ¡Puajj!

Me informaron que yo no estaba invitado, de lo cual me alegré mientras regresaba a mi casa, aliviado de escapar de aquella locura de guardaespaldas clavándote los codos en las costillas, a veces con miradas aviesas. Fue la última vez que lo vi en persona. Gracias a Dios.

(*) Publicado en la revista LETRAS LIBRES, número 217, enero 2017, pág. 10.

julio 22, 2016

Ruleta rusa con cerezas

RULETA RUSA CON CEREZAS
Por Manuel Pereira

Fotograma de El cazador, de Michael Cimino.


Recientemente fallecieron, casi al mismo tiempo, dos gigantes del Séptimo Arte: el norteamericano Michael Cimino y el iraní Abbas Kiarostami.

En 1979 yo formaba parte de la delegación cubana en el Festival de Berlín donde proyectaron la película de Cimino The Deer Hunter (El cazador), la cual provocó un gran revuelo porque retrataba las torturas (físicas y psíquicas) que los guerrilleros vietnamitas infligían a los soldados americanos prisioneros, la peor de las cuales consistía en obligarlos a “jugar” a la ruleta rusa. En una de esas brutales escenas, aparecía al fondo de la cabaña de bambú un retrato de Ho Chí Min. 

En ese preciso instante, la delegación de cineastas vietnamitas -a dos filas de butacas por delante de la nuestra- se levantó y salió de la sala oscura. En efecto dominó, más solemnes que airados, las delegaciones de los países comunistas hicieron lo mismo. Soviéticos, germano-orientales, búlgaros, checoslovacos y polacos se retiraron de la sala en protesta contra las imágenes que se sucedían en la pantalla. Ritual de anatema practicado quisquillosamente por los países del campo socialista durante la Guerra Fría.

El cineasta Pastor Vega -jefe de nuestra delegación- no tardó en pedirnos que saliéramos en fila india. La orden venía de “arriba”, dijo apuntando con el índice al techo, pero en rigor el ucase no procedía de La Habana, sino por carambola desde Moscú. A partir de ese momento los medios alemanes e internacionales no hablaban de otra cosa: la crisis política provocada por el filme de Cimino.

El escándalo que se armó fue tan colosal que al día siguiente las autoridades de Berlín (o las del Festival) nos “invitaron cordialmente” a abandonar el hotel Kempinski. Tuvimos que hacer maletas a toda prisa y salir, casi corriendo, de la ciudad cruzando hacia Berlín Oriental a través de la Puerta de Brandeburgo. Los soldados norteamericanos allí apostados nos miraban con una mezcla de perplejidad y curiosidad, mientras que, al otro lado, los guardias de frontera soviéticos, nos recibían como “invitados especiales” con saludos militares. Con ocho grados bajo cero, aquello parecía la clásica secuencia de una película de intercambio de espías.

Yo lamentaba haberme perdido una película que prometía tanto. Durante muchos años soñé con verla completa hasta que, ya en mi exilio europeo, pude cumplir ese deseo y comprobar que es una obra maestra. No podía ser de otro modo contando con una exquisita banda sonora y las brillantes actuaciones de Robert De Niro, Christopher Walken, Meryl Streep, John Cazale, John Savage…

Los detractores de Cimino lo acusaron de “fascista” y “reaccionario”, llegaron a definir su filme como la “versión del Pentágono sobre la guerra de Vietnam”. Pero El cazador no es un filme bélico sino más bien antibélico, que habla de la amistad y de cómo el dolor la incrementa. Lo esencial -lo que no supieron o no quisieron ver los críticos superficiales- es el tema del amor al terruño y a los amigos.

Muy ajeno a lo anterior parece ser el cine de Kiarostami, quien elabora poemas visuales con el argumento recurrente de la búsqueda de alguien, ya sean actores, un condiscípulo o cualquiera capaz de enterrar a un inminente suicida…

Su cine es bello como un azulejo de Isfahan. En ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987) el azul se extiende como la sombra elástica de los gatos persas llamados “azules”. Es una seña de identidad que irradia desde las minas de lapislázuli de Persia.

Ya desde el primer fotograma vemos una puerta azul, el pantalón del niño es azul. La ropa tendida, azul. Diversos tonos de azules convierten la pantalla en paleta de pintor. Como dijo el cineasta: “nunca he estudiado cine, sí pintura en Bellas Artes”. Así destila Kiarostami un lenguaje cromático que va bordando una intrincada alfombra persa.

En El sabor de las cerezas (1997) los colores cambian a la gama cálida. El aspirante a suicida recorre en su camioneta las afueras de Teherán donde el polvo rojizo de las canteras flota sobre montes de escasa vegetación. La ropa del protagonista es carmelita, y habla de la tierra constantemente, casi como si pudiera comerse, o ella comernos a nosotros. Cuando un taxidermista turco exhorta al suicida en potencia a desistir recurre al sabor de las cerezas, y entonces pareciera que saboreamos con los ojos la sinestesia de un poema de Omar  Khayyam.

La conexión secreta entre esta película del iraní y la del estadounidense es que se trata de dos candidatos al suicidio: uno rechazando el sabor de las cerezas y otro jugando al azar con un revólver cargado con una sola bala. Ruleta rusa con cerezas.



Un cubano en México (entrevista)

UN CUBANO EN MÉXICO
Entrevista a Manuel Pereira
Por Jorge Plata

La obra de Pereira es rica en ambiente y narrativa. Cada uno de sus personajes es situado en una posición de cambio inminente, en donde todo su alrededor parece saber algo que él desconoce. Su trabajo empezó en Cuba, su país natal, pero en 1991 tomó las maletas para no regresar nunca más. Desde entonces ha vivido en varios lugares, pero ahora es en México donde radica desde hace ya varios años. En Textofilia han estado publicando su obra de narrativa y ensayo, pero es sobre sus novelas (Mataperros, Un viejo viaje, El beso esquimal) la entrevista que me atreví a hacerle a este importante escritor.

JP: Naciste en Cuba, ¿pero sigues siendo cubano?

MP: Claro, aunque he vivido experiencias en otros países que me han enriquecido, uno nunca deja de ser de donde nació. Ese cordón umbilical se alarga elásticamente a lo largo y ancho del mundo, haciéndose cada vez más delgado, hasta casi desaparecer, pero en rigor nunca se extingue del todo.

JP: ¿Por qué escribes?

MP: Mi padre era grafómano, escribía en todas partes: paredes, papelitos, en las portadas y las tripas de los libros que leía, etc… Tal vez por ahí me llegó algo genético o más bien mimético. No lo sé. En realidad escribo para entender el misterio de la vida. La literatura, para mí, es una forma de conocimiento, no sólo entretenimiento. Ya sé que eso no es muy comercial, pero mi mayor ambición no es volverme millonario, ni acumular montones de premios, todo lo cual es una vulgaridad.

JP: ¿Quiénes son tus influencias a la hora de escribir?

MP: Ya estoy muy lejos de las influencias del primerizo. Cuando empecé a escribir narrativa, allá por 1972, tenía influencias de García Márquez y de Alejo Carpentier… Que luego fueron mezclándose con los estilos de otros autores europeos muy poderosos hasta desvanecerse todo, como en un remolino borroso de donde surgió finalmente mi voz. Fue un proceso lento y largo, que incluyó barbechos o zonas de silencio. También influyen en mí la buena música, la mejor pintura, el gran cine, los museos, un gato estirándose, la siniestra sombra de un campanario, el silencio de la noche, el vuelo de una lechuza, la brisa del mar que nos cuenta la historia universal…


JP: El nombre de Manuel Pereira es en sí un misterio en tus novelas. En Un Viejo Viaje es el novelista que lee tu personaje de pintor para distraerse de sus ideas de persecución a través de su último viaje, y en El Beso Esquimal es un escultor portugués, ¿por qué este afán de crear dualidad entre tu nombre de escritor y la vida del personaje que retratas en cada novela?

MP: Es un recurso literario llamado “mise en abyme”, o “puesta en abismo”, donde multiplico el álter ego del personaje protagónico, o sus dobles, o sus heterónimos. Siempre me han gustado esos juegos de espejo donde aparece un sosías. Finalmente, como dijo Rimbaud: “yo es otro”. No es nada nuevo, sólo que yo trato de hacerlo desde un ángulo un poco diferente. Por cierto, el escultor portugués existió realmente, y me gusta pensar que fue algún ancestro mío, aunque no he podido comprobarlo. Pío Baroja decía: «todo lo que no es autobiografía, es plagio».

JP: Con qué protagonista de estas novelas editadas por Textofilia te identificas más ahora: ¿El inocente que está tratando de comprender la vida a su alrededor, el temeroso pero radical que siente que le deben una vida mejor, o aquel que anhela que las cosas hubieran sido diferentes para su familia sin poder hacer mucho al respecto?

MP: Me identifico a medias con mis personajes que, en realidad, si se examina el conjunto de mi obra, son tres. Esos tres han ido creciendo a lo largo de diversas novelas. No tengo preferencias por ninguno en particular. Parafraseando a Rimbaud me gusta afirmar que: yo soy otros. Lo que al principio iba a ser una trilogía se convirtió en tetralogía y, luego, en pentalogía. Aunque cada una de mis novelas puede leerse por separado, mi plan es que algún día configuren una continuidad, formando una suerte de retablo historiado, o un gran fresco mural de mi país y de la época que a mi generación le ha tocado vivir.

JP: ¿Por qué decidiste vivir en México tras tu exilio?

MP: Mi exilio empezó en Alemania, luego siguió en Francia, más tarde en España y finalmente aterricé en México donde amigos cubanos y familiares insistieron en invitarme. Necesitaba estar más cerca de la isla natal, más cerca de mis fantasmas; también quería cambiar de aires. Europa ya me tenía harto, ya había aprendido todo lo que había que aprender allá. Por otra parte, buenos amigos mexicanos me  ofrecieron dar clases en la Iberoamericana y en el Instituto Cultural Helénico. Así que volví a hacer maletas y emprendí mi segundo destierro. Exilio dentro de otros exilios, como las matriuskas rusas. Cuando uno ya está muerto, se puede volver a morir varias veces sin mayores problemas.

JP: ¿Podemos esperar en el futuro una novela tuya que esté situada en México?

MP: Es muy probable, pero de momento estoy enfrascado en otra novela con escenario cubano. Tal vez después de esa venga México, al que he dedicado ensayos que me gustan mucho.

Tampoco te pierdas Mataperros, otro de sus libros editado por Textofilia.



julio 03, 2016

Nidos de Águila

NIDOS DE ÁGUILAS
Por Manuel Pereira

Algunos países, pequeños y pobres, despliegan más celebridades literarias que ciertas potencias con economías más pujantes. Esas naciones no sólo atesoran más personalidades, sino que, en ocasiones, éstas superan en brillantez a sus pariguales en las metrópolis.

Tal es el caso de Cuba y también el de otra isla: Irlanda, cuyo preludio es la asombrosa filosofía del inmaterialismo del obispo Berkeley (1685-1753). Le sigue Laurence Sterne con su Tristram Shandy (1767), novela fundacional que rompió los rígidos moldes del género en su época. 

Aparte de elevar la primera estrella irlandesa hasta el firmamento de las letras universales, Sterne anunció a su coterráneo James Joyce en el tratamiento del tiempo interior, el humor paródico, la sátira y el experimentalismo. A su vez, con la novela Ulises (1922), Joyce protagonizó (junto con Proust y Kafka) la copernicana revolución narrativa en Occidente. 

Otros inmortales de la Isla Esmeralda son Jonathan Swift (Los viajes de Gulliver, 1726), Oliver Goldsmith (El vicario de Wakefield, 1766), Charles Maturin (Melmoth el errabundo, 1820); Sheridan Le Fanu (Carmilla, 1872), Oscar Wilde (El retrato de Dorian Gray, 1891), Bram Stoker (Drácula, 1897), George Bernard Shaw (Pigmalión, 1914), William Butler Yeats (La Torre, 1928), Samuel Beckett (Esperando a Godot, 1952) …

¿Por qué allí han tenido lugar tantas hazañas literarias? ¿Será por la cerveza negra Guinness o por sus desayunos con salchichas, beicon, huevos fritos y pan de papa? ¿Será por la mítica canción de Molly Mallone, por San Patricio y el trébol de tres hojas? ¿Acaso influyeron los acantilados, las frecuentes lluvias, las torres circulares medievales? ¿Será porque según Freud: “los irlandeses son la única raza impermeable al psicoanálisis”? ¿Tendrá algo que ver la tradición popular del Limerick, esa forma poética chistosa, a veces obscena, siempre descabellada?

Los irlandeses se rebelaban contra la lengua de los ingleses, pero no ignorándola, sino recreándola o reinventándola. Esa rebeldía fue creadora, pues se tradujo en laboratorio literario, en experimentación, en desenfado, en osadía. 

Por su parte, los ingleses parecen reverenciar tanto su lengua que la encorsetaron. Algo similar sucedió en nuestro idioma durante la segunda mitad del siglo pasado con el Boom latinoamericano. Los hispanoamericanos somos a España lo que los irlandeses a Inglaterra. Hemos enriquecido la lengua modificando las nociones de novela y de poema. Hemos flexibilizado, agilizado y modernizado el castellano. 

Joyce decía: “yo no escribo en inglés, sino en anti-inglés”, lo cual explica su revolución del lenguaje, su irreverencia ante la lengua dominante, sus juegos de palabras casi intraducibles.

Otro país que genera talentos a manos llenas es Rumanía, la nación más pobre de Europa, después de Bulgaria. Por ejemplo, el poeta Tristan Tzara, fundador del Dadaísmo; Brancusi, el escultor que logró la síntesis de las formas, Paul Celan, el poeta de la lengua adánica; el audaz pensador Emil Cioran, el dramaturgo del absurdo Eugène Ionesco, el insondable Mircea Eliade…

Todos estos creadores en estado de gracia triunfaron fuera de ese país tan vampirizado por la Historia, huyeron del ambiente pueblerino en el que les tocó nacer. 

¿Por qué, sin dejar de ser rumanos, se volvieron internacionales? La respuesta más conocida la dio el escritor brasileño Oswald de Andrade en 1928 con su Manifiesto Antropófago: una apología del salvaje que devora la cultura del colonizador. El colonizado -o primitivo- deglute y digiere la cultura europea incorporándola a su fuerza telúrica y ancestral, con lo cual su poderío -elevado al cuadrado- se universaliza. 

Lejos de ser privativo de Brasil, este canibalismo del espíritu es global, como se vio a partir del período Heian cuando Japón adquirió su personalidad literaria escribiendo ya en japonés (silabarios) y no en chino. 

Estos metabolismos culturales se extienden a otras partes de nuestro continente. Ilustres antropófagos: Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Lezama Lima, Alejo Carpentier… 
Cincuenta años antes de la pantagruélica metáfora brasileña, ya nuestro caníbal mayor, José Martí, analizaba esa voracidad intelectual en una carta a José Joaquín Palma: “Es nuestra tierra (...) un nido de águilas; y como no hay aire allí para las águilas (...) tendemos, apenas nacidos, el vuelo impaciente a los peñascos de Heidelberg, a los frisos del Partenón, a la casa de Plinio, a la altiva Sorbona, a la agrietada y muerta Salamanca. Hambrientos de cultura, la tomamos donde la hallamos más brillante. Como nos vedan lo nuestro, nos empapamos en lo ajeno. Así, cubanos, henos trocados, por nuestra forzada educación viciosa, en griegos, romanos, españoles, franceses, alemanes.”



junio 18, 2016

La Patria Acústica

LA PATRIA ACÚSTICA
Por Manuel Pereira
Mapa de países en los que se habla español.
La patria (al menos para los escritores) es mucho más que un trozo de tierra, es también la lengua, sobre todo, el lenguaje. Eso lo descubrí en 1978, tras un viaje a la Unión Soviética. Al cabo de un par de semanas chapurreando y desempolvando los dos años de ruso que estudié de niño, volé de regreso a Cuba con una escala en Madrid. Llevaba tantos días sin oír mi propio idioma que al escuchar a todos hablando español en Barajas experimenté una especie de iluminación auditiva. Pasar de la lengua de Pushkin a la de Cervantes en cinco horas de vuelo fue una epifanía en la Trompa de Eustaquio. Acababa de aterrizar en la Patria Acústica.
Cuando oí a los camareros en la cafetería del aeropuerto, o a los guardias civiles con sus tricornios negros, sentí una alegría tan indecible que estuve a punto de abrazarlos. Recuperar la lengua materna, sumergirme de nuevo en el castellano, fue una experiencia casi metafísica, como si el avión que despegó de Moscú, en vez de transportarme por los cielos babélicos de las Europas, me hubiera catapultado hacia la reminiscencia en una inefable transmigración de las palabras.
Pasaron los años y vino el destierro: me fui a vivir a España. Y entonces empecé a descubrir las diferencias entre el español insular y el peninsular. Por mi trabajo de traductor, tuve que adaptarme al castellano castizo y renunciar, en parte, a mi léxico saturado de cubanismos. Fue una conmoción semántica. Por ejemplo, en vez de “jugo” tuve que acostumbrarme a decir “zumo”, o de lo contrario me miraban como si yo fuera un extraterrestre y no aceptaban mis traducciones en las editoriales. Si decía o escribía “máquina” o “carro”, también me miraban perplejos; había que decir “coche” (aunque me sonara a carruaje tirado por caballos). No podía decir “botar”, sino “tirar” o “arrojar”. Prohibido decir “¿ustedes quieren café?”, pues se imponía “vosotros queréis café?”... y así sucesivamente con un sinfín de giros, frases, modismos, palabras, que fueron invadiendo mi vocabulario (no la dicción ni el dejo habanero) a lo largo de trece años de exilio en España.
Pero todo eso cambió cuando a finales de 2004 llegué a México, donde empecé a rescatar del olvido ciertas palabras. Por ejemplo aquí dicen “plomero” -igual que en Cuba- y no “fontanero”, como en Madrid, ni mucho menos “lampista”, como en Barcelona.
Obviamente, al acercarme geográficamente a mi tierra natal, me aproximaba también a mi primera patria acústica. Aquí por fin podía volver a decir “jugo” recobrando un fragmento fonético de infancia. Por eso, cada vez que pronuncio esa palabra, la saboreo con más fruición que el jugo en sí. Comemos y bebemos recuerdos de la niñez en una restitución culinaria. De hecho, aquí consumo más jugos de naranja de los que se me antojan, acaso porque soy incapaz de diferenciar el apetito físico del espiritual, tal vez para desquitarme de todos los años que estuve obligado a decir y escribir “zumo”. Aquí, por fin, regresé al “ustedes” y me liberé del arcaico “vosotros” que me hacía pensar que estaba castigado en secundaria recitando a Zorrilla o protagonizando una obra de Lope de Vega.
En México felizmente puedo decir “botar” en vez de tirar. Aquí exhumé vocablos y giros entrañables, medio olvidados, recolectándolos como perlas extraviadas en el fondo del mar. Así, cambié el exótico “chaval” por el más consabido y jovial “chamaco”. Prescindí de la secuencia preposicional “a por” que tan anómala me parecía y me sigue pareciendo. En vez de “voy a por pan” ahora podía decir “voy por pan” o “a comprar pan”. Aquí puedo decir “carro” sin ningún problema. Sobre todo me encanta haber reconquistado el delicioso verbo “jalar”, que me recibe rotulado en  muchas puertas, lo mismo en los supermercados que en los bancos. Jalar: verbo náutico, al igual que “botar”, porque las Antillas fueron colonizadas por navegantes, piratas, bucaneros, filibusteros, negreros, contrabandistas y otras gentes de mar, razón por la cual la jerga marinera impregna nuestras formas de expresión orales y escritas. No se trata solamente de variantes coloquiales, no es mera cuestión gramatical, porque la lengua, el lenguaje, es el alma. Por algo será que el Verbo es la segunda persona de la Santísima Trinidad, y no en vano dijo Juan: “En el principio era el Verbo”.

junio 08, 2016

Glorias de Cuba

GLORIAS DE CUBA
Por Manuel Pereira
El cubano José Raúl Capablanca jugando partidas simultáneas de ajedrez, Londres, 1911.
Durante muchos años he oído en el extranjero la cantinela de que en Cuba no había educación ni cultura antes de 1959. Lo dicen académicos, intelectuales y artistas desinformados, o cínicos, en Europa, en EE UU y en América Latina. Es el fruto –tan mendaz como eficaz– de la propaganda oficial que los tontos útiles en diversos rincones del mundo corean como un mantra hasta la náusea. Más de cinco décadas de bombardeo mediático y autobombo sistemático por fuerza dejan su huella.
Nada nuevo bajo el sol. Desde Goebbels, Stalin, Gorki y Gronski la publicidad totalitaria consiste en mezclar fragmentos de verdades con mentiras a granel y repetirlos machaconamente.
Sabemos de los escritores –incluso clásicos– y los artistas "degenerados" proscritos por los nazis. Un proceso similar tuvo lugar en la Unión Soviética estalinista: autores borrados de libros de texto, excluidos de bibliotecas públicas. Pintores relegados al olvido. Retoques o montajes fotográficos de donde desaparecían destacados bolcheviques tras caer en desgracia. Geniales compositores prohibidos, etcétera.
Todos los utopistas radicales padecen esa vanidad patológica de reescribir el pasado, desacreditándolo como mínimo, borrando episodios o suprimiendo personalidades, para que la historia comience con ellos. Da lo mismo si se hace en nombre del proletariado o de la raza aria. El que más lejos llegó haciendo tabla rasa con el ayer, fue el camboyano Pol Pot.
Todos los utopistas radicales padecen esa vanidad patológica de reescribir el pasado, desacreditándolo como mínimo, borrando episodios o suprimiendo personalidades, para que la historia comience con ellos
Digan lo que digan, la cultura cubana ya atesoraba abundantes fulgores antes del 59. Por razones de espacio, estoy obligado a ser muy parco en la selección. En el siglo XIX: Félix Varela, "el primero que nos enseñó a pensar", como dijo su discípulo José de la Luz y Caballero. Otros pensadores criollos: Arango y Parreño, José Antonio Saco, Domingo del Monte, Bachiller y Morales, José Martí, Enrique José Varona. En poesía los talentos se multiplican: Zequeira con su Oda a la Piña, Rubalcava con Silva cubana, José María Heredia con su Himno del desterrado ¡tan vigente!, José Jacinto Milanés, el poeta esclavo Juan Francisco Manzano, el mulato humilde Plácido, Juan Clemente Zenea, Julián del Casal, Juana Borrero, el brillante José Martí... No podemos dejar de mencionar a dos geniales violinistas: Brindis de Salas y José White.
Más escritores importantes en el siglo XX: Mariano Brull con La casa del silencio (1916), José Zacarías Tallet con La rumba (1928), Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, Eugenio Florit, José Lezama Lima, Gastón Baquero, Eliseo Diego, Fina García Marruz, el crítico Cintio Vitier, el poeta, narrador y dramaturgo Virgilio Piñera...
En ciencias ya tuvimos entre el XVIII y el XIX al médico Tomás Romay, al que siguieron el sabio y naturalista Tranquilino Sandalio de Noda, el investigador Felipe Poey, el doctor Carlos J. Finlay y el malacólogo Carlos de la Torre.
Las altas calidades se incrementan: el ensayista Jorge Mañach con su Indagación del Choteo (1928), el antropólogo Fernando Ortiz (Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, 1940), su discípula Lydia Cabrera con su obra maestra El Monte (1954).
¿Cómo es posible que una república "mediatizada", con una burguesía tan detestable y vendida al imperialismo, pudiera generar tantas lumbreras?
¿Cómo es posible que una república "mediatizada", con una burguesía tan detestable y vendida al imperialismo, pudiera generar tantas lumbreras? Y la lista continúa con el novelista Carlos Loveira (Generales y doctores, de 1920, y Juan Criollo, de 1927); Enrique Serpa con Contrabando (1938); Carlos Montenegro con Hombre sin mujer (1938); Lino Novás Calvo con Pedro Blanco, el negrero (1933), precursora de lo que se ha dado en llamar "realismo mágico" o "lo real maravilloso". Las mejores prosas de Alejo Carpentier ya se habían publicado antes de 1959: Viaje a la semilla (1944), El reino de este mundo (1949), Los pasos perdidos (1953). En el costumbrismo humorístico tenemos a Eladio Secades con sus Estampas (1940). Aunque El Ingenio se publicó en 1964, Moreno Fraginals ya ganaba premios como historiador desde 1942. Tomás Gutiérrez Alea ya había estudiado cine en Roma hacia 1951 y su documental El Mégano es de 1955.
En las artes plásticas desfilan Fidelio Ponce, Víctor Manuel, Eduardo Abela, Carlos Enríquez, Mariano Rodríguez, Gina Pellón, Wifredo Lam, Guido Llinás, Agustín Cárdenas, René Portocarrero, Amelia Peláez, Acosta León, Antonia Eiríz, Raúl Martínez... Y no olvidemos al campeón mundial de ajedrez José Raúl Capablanca.
¿Puede la Isla, en los últimos 56 años, mostrar una pléyade como la del período republicano? Y todo eso sin Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), ni Ministerio de Cultura, sino más bien gracias al misterio de la cultura.


mayo 31, 2016

Selfie

SELFIE
Por Manuel Pereira
Autorretrato en espejo convexo, de Parmigianino, 1524.

El selfie está de moda, como si fuera algo muy moderno, cuando no es más que un antiguo recurso autobiográfico.

En El Matrimonio Arnolfini Jan van Eyck se autorretrató en uno de los personajes reflejados en el espejo de la pared del fondo, como confirma su firma encima del cristal convexo: Johannes de Eyck fuit hic 1434.  

A los trece años Alberto Durero se dibujaba a sí mismo. En 1498 lo vemos elegantemente vestido junto a una ventana, en otra tela aparece como Ecce Homo, incluso llegó a representarse desnudo: gran audacia para su tiempo.

Tras diez siglos de oscurantismo feudal, el autorretrato floreció impetuosamente, dejando atrás la Edad Media, época en la cual -salvo alguna excepción- los artistas no firmaban sus obras, reducidos a meros artesanos consagrados a ilustrar episodios bíblicos.

Este ninguneo gremial se extinguió con el Renacimiento, cuando el hombre ocupó la posición central cósmica antes reservada a Dios. Sea por vanidad o afán de inmortalidad, estas confesiones pictóricas potenciaron el individualismo, uno de los principales atributos de la modernidad.

Hacia 1500 El Bosco nos mira desde El jardín de las Delicias. En la tabla derecha -El Infierno Musical- su rostro surge debajo de un plato con una gaita. El Bosco transitaba ya hacia el espíritu renacentista y sus visiones oníricas se anticipaban 420 años al surrealismo.

Los creadores aprovecharon este subgénero pictórico para ahorrarse contratar un modelo y, también, para mostrar su evolución estilística así como sus abismos psicológicos, o simplemente para registrar los estragos del tiempo en la carne.

En 1513 Leonardo da Vinci nos regala su autorretrato: un minucioso dibujo a la sanguina donde descubrimos las arrugas, cada cabello y cada pelo de la barba de un sabio de 60 años.

A la sazón, Rafael Sanzio se incluía en un retrato colectivo rodeado de filósofos y científicos en La escuela de Atenas. A la derecha de este primer selfie grupal con celebridades, entre Zoroastro y Ptolomeo, el joven pintor nos mira fijamente.

En 1524, el Parmigianino emplea un espejo convexo -como el de Van Eyck- para revelarnos su rostro aniñado y la exagerada mano manierista en primer plano.

En1541 Miguel Ángel se autorretrata en El Juicio Final, el fresco pintado en la pared del altar de la Capilla Sixtina. San Bartolomé sostiene su piel desollada que cuelga con el rostro del pintor: un guiñapo humano en la parusía.

En 1600 el Greco se autorretrata en Toledo y 28 años después Rembrandt empieza a pintarse a sí mismo hasta acumular 90 autorretratos: lo vemos muy joven riendo, haciendo muecas en la tradición del tronie, sin bigote, con atuendo oriental y, al final, canoso y con boina.

Velázquez asoma en Las Meninas (1656) exhibiendo orgulloso la cruz de la Orden de Santiago que lleva en su pecho. La lista de los “selfies” inmortales sigue con Fragonard, William Blake, Ingres y David cuando se incluye en La coronación de Napoleón. Goya también nos dejó autorretratos, el más impresionante: “Goya atendido por el doctor Arrieta” (1820). En 1840 Delacroix se pintó con un chaleco verde y, dos años después, vemos a Courbet con un perro negro o, en otra imagen, gesticulando desesperado.

Van Gogh exploró su rostro en treinta telas: con sombrero de paja, con la oreja vendada y fumando pipa, con el sombrero de fieltro gris y un sol de pinceladas irradiando desde su puente nasal.

A finales del siglo XIX, Gauguin se representó con un Cristo Amarillo, con un ídolo maorí, con una aureola… poco después también Picasso cultivó este subgénero atesorando noventa autorretratos, igual que Rembrandt. Por entonces, los expresionistas también nos dejaron sus selfies: Kokoschka, Munch, Kirchner, Schiele… y el inclasificable Chagall se pintó con siete dedos.

El género siguió diversificándose y multiplicándose, desde Escher reflejado en una esfera de cristal, pasando por Frida Kahlo con La columna rota, hasta Francis Bacon cuyo rostro deformado nos sumerge en su estilo perturbador.

Cuando el daguerrotipo empezó a desplazar al caballete, el primero que se retrató ante un espejo fue Robert Cornelius en 1839. En 1865 Nadar se autorretrató en un globo aerostático, con prismáticos y sombrero de copa. El escritor Émile Zola, deslumbrado por la fotografía, nos dejó sus autorretratos. Selfies son también los simpáticos cameos de Hitchcock.

Hoy todo es más rápido y masivo, o sea, más superficial. Razón tiene el Eclesiastés: “vanidad de vanidades, todo es vanidad” y “no hay nada nuevo bajo el sol”.

(*) Publicado en LETRAS LIBRES, p.88, mayo 2016.